Tras la proyección de The Pursuit of happynes (la vimos en V.O.) se me agolparon varias ideas a la vez que creo todas bordeaban el mismo asunto: ¿existen reglas para que los “self-made man” tengan éxito? Y esas ideas recurrentes daban vueltas sobre estos asuntos:
– cómo provocar tener “buena suerte”
– qué tiene que ver el buen humor para tener éxito
– la esperanza es lo último que se pierde, si realmente uno quiere que sea lo último que se pierda
– para que los sueños se hagan realidad es necesario unirle al buen humor muchas horas de disciplina, convencimiento de que puedes conseguirlo y esperanza en qué todo puede ir mejor -fe, lo llamaríamos los cristianos.
– con buen humor y esperanza, la vida da segundas y terceras oportunidades… y hasta cuartas, quintas, sextas…
– pero sobre todo, si a pesar de poner todos los medios, el objetivo no se alcanza, no hay que buscar culpables. Las cosas son así, a veces.

De eso va The Pursuit of happynes. El esfuerzo sin buen humor no sirve de nada. El buen humor sin objetivos no sirve de nada. Los objetivos sin esperanza no sirve de nada. En definitiva, la buena suerte, se puede alcanzar, si esta se orienta a buscar la felicidad. No a encontrarla, sino en ponerse en disposición de buscarla… cosas muy distintas.
En esta película la felicidad no aparece como cumbre de haber alcanzado posesiones o riquezas, sino como sinónimo de que uno está haciendo lo correcto para hacer felices a los demás -algo así como el Do the right thing de Spike Lee, pero con una dimensión moral más profunda y enriquecedora.
The Pursuit of happynes, aún siendo una historia basada en hechos reales, se entronca, en cierto modo, con un género cinematográfico del que Frank Capra se hizo Maestro de maestros: el melodrama mágico. Y a eso huele The Pursuit… Tiene el aroma del neorrealismo del Ladrón de bicicletas envuelto con la esperanza capriana. Convencernos desde el dolor de que todo puede terminar bien, porque, en definitiva, desde nuestra posición podemos ser motores que provoquemos que todo acabe bien. Esa es la máxima de Caballero sin espada, Vive como quieras y Qué bello es vivir. Si das con generosidad (es decir, sin pedir nada a cambio ni especulando con los beneficios que obtendrás), recibirás generosamente. Más tarde o más temprano. Pero las semillas que has sembrado siempre vuelven en forma de frutos.
Al genial Capra ese territorio es el que le gustaba transitar: el sueño americano (el éxito del self-made man) es posible si creemos que nuestras acciones deben ser buenas porque debemos hacer felices a los demás. Aún pesar de que lluevan piedras.
Sorprende de esta película, y eso es de agradecer, que la historia haya huido de la denuncia racial para amplificar el conflicto del protagonista. Will Smith, en una creación asombrosa que demuestra por enésima vez que es un actor enorme y muy inteligente que sabe moverse en cualquier registro cinematográfico, consigue disipar cualquier duda sobre la problemática del asunto: es una película sobre la necesidad de que todos los hombres tengan esperanza.
La dirección de Gabriele Muccino es transparente y situada deliberadamente dentro de los cánones que demanda y exige la industria y el mercado de Hollywood. Aún así, se podría pensar que se trata de una dirección impersonal y de libreto y que bastaría con un productor ejecutivo con experiencia -tipo Joel Silver o Jerry Bruckheimer- para ordenar los elementos creativos y técnicos para obtener el mismo resultado. No me parece que sea el caso. En The Pursuit…, se deslizan pequeños hallazgos creativos que difícilmente podrían surgir de la mente “monetarizada” de un productor ejecutivo: el travelling hacia atrás cuando padre e hijo se despiden de su madre en la parada del autobús y que anticipa el desastre emocional que se avecina o el plano cenital en los lavabos del metro donde la cama son ristras de papel higiénico.
Pero para que Muccino haya podido desarrollar con “artesanal eficacia” esta historia es necesario contar con un guión sencillo en su desarrollo pero sólido en sus cimientos buscando, cuando es necesario, ese sentido del humor en el melodrama que tan bien sabía desarrollar Frank Capra. Pero también vienen a mi me memoria películas duras y hermosas como Y el Mundo Marcha de King Vidor … Y es que, aún instalados en la miseria, podemos provocar una sonrisa para hacer más llevadera la tristeza.
Una de las ventajas es que Muccino sabe que el género más apropiado para contar la historia es el melodrama: no existe tránsito entre la tragedia y la alegría, sino que en la alegría hay tragedia y en la tragedia podemos encontrar la alegría. Forma parte de un todo.
En este sentido, también se agradece que la historia no haya derivado en una secuela de Kramer contra Kramer, la espléndida película de Robert Benton. Si bien en Kramer… la ruptura es una sorpresa que desencadena el drama, en The Pursuit… la ruptura es consecuencia de una situación que el espectador agradece conocer. De este modo, se agiganta la figura del hombre hecho a sí mismo y su lucha en pos del sueño.
Por tanto, creo que se podrían utilizar estos dos adjetivos que tantos implícitos encierran: se trata de una dirección artesanal y eficaz. Ergo, hecha con mimo pero sabiendo a quién se dirige y qué pretende.
Por último me gustaría señalar un aspecto que me ha llamado poderosamente la atención: el guiño que la historia le hace a la Providencia. La Providencia para los cristianos es un “estado” en el que basamos nuestra fe. Dicho de otro modo ¿es casualidad que los escaners aparezcan milagrosamente hasta tres veces después de haber sido robados? A los que creemos en un Dios que no da piedras a quien pide pan, sino que está deseando oir nuestras preocupaciones, estas pinceladas son las que terminan de convencernos que si se persigue, la vida da segundas y terceras oportunidades… y hasta cuartas, quintas, sextas… Pero para ello hay que estar muy atento y dispuesto a subir al tren sin preguntar ni especular.