Probablemente esté totalmente equivocado y vea pájaros donde no los hay. Que de tanto darle vueltas al texto de McCarthy esté llegando a conclusiones erróneas. Es posible. Es más que probable.
Sin embargo, el texto no creo que sea un ejercicio de visión de futuro ni tan siquiera de fantaciencia. Creo que es un libro escrito en presente, tomando las realidades de estos tiempos como punto de partida. ¿Nos escandaliza la presencia de caníbales? ¿Que además se hayan organizado para desarrollar una actividad cercana a la «ganadería humana»? Nos horroriza y nos pone en guardia sobre cómo será un posible futuro de caos postnuclear. Pudiera parecer que esa referencia a Hobbes -el hombre es un lobo para el hombre- es una exageración planteada por McCarthy. Pero creo que su intención es destacar el desprecio que podemos llegar a ternos a nosotros mismos cuando se trata ya no sólo de sobrevivir, sino de obtener y proteger nuestro propio beneficio.

Es cierto, el canibalismo organizado de Mccarthy es horroroso. Nos dibuja un futuro dónde, practicando la técnica del avestruz, no quisiéramos estar. Sin embargo, el autor no rehuye esa más que probable realidad futura: cuando no queden alimentos, ¿qué será de nosotros? Cuándo nuestros bienes queden reducidos a la nada ¿qué será de nosotros? ¿Qué haremos para no desaparecer consumidos por el hambre? ¿Permitiremos que nuestros hijos también sufran esa penosa y dolorosa muerte por inanición?
Es la respuesta que aporta McCarthy lo que creo que hace de este libro una aportación de gran lucidez: ese futuro que tanto nos asusta, es hoy. Y dependera de cual sea la respuesta individual de cada uno de nosotros, nos situaremos en el bando de los «buenos» o en el de los «malos». De los que llevan el fuego o de los que no lo llevan.
Volviendo al apunte en el que digo que el futuro en La Carretera de McCarthy nace precisamente hoy, parece que su preocupación surja tras comprobar/percibir que nuestra sociedad esta ocupada y pre-ocupada en que el bienestar obtenido no se altere por nada. Y si esa «nada» se convierte, por casualidad, en un peligro: procuraremos eliminarlo.
¿El abuelo delira, no rige, nos fastidia las vacaciones, es una sombre de lo que fue y nos entristece ver cómo su antigua y poderosa fortaleza ahora son pasto de las babas y los pures? ¿Que el feto, fruto de una violación espantosa, viene con seguras taras mortales? ¿Que la convivencia con ese ser, que antaño fue querido, ahora se ha hecho insorportable, llegando incluso a convivir con el riesgo de la violencia física?
Todo esos problemas son rápidamente eliminables. Cirujía precisa, pero cirujía no reversible. Aunque detrás de esas ecuaciones se encuentren personas, curiosamente, con nombre y apellido, edad y aspecto físico reconocible, para resolver el problema basta con despejar la variable desconocida: basta con eliminar al hombre.
La solución rápida. Eso es lo importante. No la solución correcta, sino la más rápida. La que no nos produzca dolor físico. La que no incorpore responsabilidades posteriores. Da igual si esa decisión acarrea dolor moral, siempre y cuando hayamos eliminado el dolor físico. Al invertir la importancia de factores entre dolor moral y físico -que es algo que llevamos haciendo mucho tiempo desde que alguien se inventó el concepto «sociedad del bienestar»- estamos también modificando la percepción que tenemos nostros respecto a nuestros prójimos. El dolor moral es superable o no, no lo sabemos, pero no nos importa. El dolor físico sí que nos horroriza. ¿Cómo enfrentarnos a él?
Ese, creo que es el verdadero canibalismo que plantea McCarthy: ¿de que nos vamos a horrorizar si hoy ya somos caníbales de nosotros mismos? Usamos a nuestro prójimo en beneficio propio. Le vemos como una ternera en una granja que podrá aportarnos, cuando lo precisemos, placer, oportunidades profesionales, o lujo.
Repito, McCarthy no oculta que esta realidad postapocalíptica nace de una metáfora sobre nuestros días, o almenos eso creo yo. Pero, y como conclusión a esta exposición, creo que McCarhty se ofrece como luz: sé bueno. Lucha por ser bueno, aunque eso sea difícil. Aunque lleves semanas sin comer. Aunque sean otros quienes intenten destruirte. Y de ahí la memorable y monumental metáfora que nos devuelve a esos hombres prehistóricos que lograron sobrevivir: los buenos llevan el fuego.