Sobre el por qué de los personajes me quedo con la sensación de que McCarthy nos plantea el nacimiento de un nuevo mundo. Algo similar a lo que Terrence Malick -éste con un tono poético más emotivo y hermoso- plantea con El Nuevo Mundo.
El hombre viejo, el que lleva sobre sus espaldas la herencia de los errores de tantos años de egoismo, no podrá ser capaz de levantar de nuevo por sí mismo el mundo. Sólo el hombre limpio, que observa las cosas desde la inocencia de su corazón, podrá convertirse en puntal donde levantar el nuevo mundo.

En este sentido, en el niño confluye un triángulo casi mágico: la inocencia infantil propia de su edad, el horror al descubrir de lo que son capaces de hacer los hombres y la seguridad al saber -gracias al empeño de su padre- que el bien es no comerse al prójimo.
A fuerza de repetirlo una-y-otra-vez es posible que nuestros hijos crezcan pensando que sí es bueno comerse al prójimo. Lo hemos visto con temas tan dolorosos como el aborto. En apenas 20 años, lo que aparecía como una monstruosidad genocida y nos recordaba a la barbarie nazi ahora se nos ha confundido en una realidad legal que muchos aceptan como el mal menor: acelerar la muerte de indefensos para que nuestra sociedad (aparentemente) se modernice. Hemos renunciado al bien mayor a cambio de aceptar el mal menor. Esa es la herencia de los caníbales. Una vez liquidado el feto, porque no comérmelo. O mejor, porque no creo un feto y luego me lo como. ¿Monstruoso?
Los niños, aún siendo buenos por naturaleza porque aún no han tenido que descodificar el origen y motivaciones del mal, por osmosis y observación interpretan y repiten los comportamientos de los mayores. Esta no es una observación revolucionaria. Todos los especialistas -psiquiatras, psicólogos, pedagogos, etc- así lo afirman: en un porcentaje altísimo, los niños son lo que han visto hacer a sus padres.
El niño es el Nuevo Mundo. Un mundo donde las calamidades que pertrechamos los hombres viejos no tendrán espacio a menos que dejemos, de una vez por todas, nuestras franjas de grises a un lado. O somos buenos o somos malos. Pero no posibilistas.
Ese posibilismo bueno, que es el que encarna el padre, lleva también consigo el cálculo de las oportunidades, la medición de los riesgos, sin pensar si detrás de ese resultado hay un ser humano o no. ¿Cómo reacciona el padre cuando descubre la «granja humana» en el sótano del caserón? Huye. Defiende a su hijo, su posesión más preciada. Pero olvida al prójimo que sufre.
¿Cuál es la primera respuesta del padre al pobre hombre que les roba en la playa? Desarmarlo hasta, posiblemente, matarlo de frío. Sobre esta escena valdría la pena detenerse un instante: el padre toma la decisión de desarmar al ladrón hasta la humillante desnudez. El hijo apenado por el comportamiento de su padre, parece estar disculpando-justificando-perdonando al ladrón. Y es el hijo, quien tras mucho insistir, consigue que su padre vuelva con la ropa del ladrón. No sabemos si habrá sido tarde. No sabremos si habrá reparado la exagerada reacción. Pero sí sabemos que el hijo, el ser bueno que deberá reconstruir el Nuevo Mundo, ha conseguido algo que el padre no consiguió con su esposa: distinguir el bien del mal y reparar el mal hecho.
En la novela de McCarhty tenemos todo el arco que va del blanco al negro. El lado malo, terminará por devorarse a sí mismo -como termina el pobre desgraciado que se topa con los protagonistas al inicio de la novela y que después de ser disparado por el padre es devorado por sus propios compinches. La franja de grises queda representado por el padre que, muestra una actitud de extraordinaria determinación al querer proteger lo que él sabe que es la semilla del bien pero que también es capaz de huir de sus responsabilidades con tal de no exponerse a que su plan fracase. Y el otro extremo, el bien. El que no calcula o mide si lo que debe decidir es qué hacer con ese prójimo indefenso.
Y dentro de los grises, papel especial para los tonos que pudiendo salvarse moralmente -transitar del gris a blanco- terminan cediendo. Esa delicada cuerda que termina por romperse por falta de esperanza: la madre.