Leo con estupor que Biljana Plavsic ha sido liberada tras haber cumplido 2/3 de su condena. En 2003 fue condenada por crímenes de guerra por el TPIY a 11 años de prisión. Eligió cumplir la condena en Suecia, y ahora, con casi 80 años, sale en libertad -según el criterio del TPYI- por su buena conducta y su probada rehabilitación.
Plavsic, la Dama de Hierro de los Balcanes, se libró de una condena mayor al haber reconocido su culpabilidad en la persecución a la comunidad musulmana por motivos religiosos, políticos, raciales y religiosos y por «animar» a los paramilitares serbios a ser un brazo de las operaciones de limpieza étnica.
Una de las causas que además sirvieron, seguramente, para reducir su pena, fue una actitud «colaborativa» durante los procesos de Dayton. En El País lo cuentan así:

Plavsic fue vicepresidenta serbo bosnia con Radovan Karadzic. En 1996 le sucedió y matuvo su línea ultranacionalista y de rechazo a la comunidad musulmana. De todos modos, siendo ya presidenta colaboró en la aplicación del Acuerdo de Paz de Dayton (1995), que acabó con la guerra de Bosnia. Cuando las presiones para que respondiera de sus actos se hicieron insostenibles, acudió voluntariamente al TPIY en 2001. Durante su estancia en la cárcel escribió un libro titulado: Yo declaro, donde animaba a Karadzic y a su jefe militar, el general Ratko Mladic, a que se entregaran. De Karadzic, decía que era «un cobarde». A Mladic lo calificaba de «gran hombre que defenderá a serbia a costa de sí mismo, si es preciso». Mladic sigue en paradero desconocido.

Este tipo de situaciones siempre me incomodan y me llevan al callejón de las dudas. Creo firmemente en la capacidad de regeneración del ser humano tanto en cuanto, y llegado el momento de reconocerse culpable sinceramente, es capaz de pedir perdón. No disculpas, sino perdón. Una acción difícil de asumir ya que ese prehistórico orgullo que llevamos impreso y actualizado en nuestros genes más profundos, nos impide decir: «perdóname».
No soy yo quien puede juzgar la buena intención de Biljana Plavsic -cuando siendo presidenta de Serbia- ayudó en el final de la guerra mediante los acuerdos de Dayton ni cuando decidió autoinculparse de esos delitos . Ni debo ni puedo por varios motivos. Porque no sé en profundidad toda la historia, ni tengo los conocimientos jurídicos y, porque en temas de conciencia, tengo muy claro que «juzgad y seréis juzgados».
Sin embargo, cuando nos encontramos ante crímenes contra la humanidad probados y condenados, la redención de penas me parece un contrasentido. Hay algo ejemplar en esas condenas ya que corresponden a delitos que atentan contra la raíz misma del ser humano. Son delitos que buscan «destruir» a los otros por una cuestión de creencias, opiniones, conductas, etc. Pero no destruir y punto. Sino destruir con ensañamiento, haciendo gala de la brutalidad y la ira. Siendo, tristemente, ejemplares en el desprecio de la vida ajena.
Creo que es necesario ser compasivos en el trato al reo si éste ha pedido sincero perdón, pero eso no debería impedir nuestra firmeza en encontrar la condena más justa -por dura que sea- y su posterior cumplimiento íntegro.
Me horrorizó la condena a muerte a Sadam Hussein y su posterior ejecución. ¿Un monstruo? Seguramente. ¿Pena de muerte? Jamás. En un mundo, el actual, en el que somos capaces de aislar con total seguridad a esos hombres con comportamientos tan malignos contra la humanidad, deberíamos haber sido compasivos. Una cadena perpetua era la solución. La pena de muerte, nos vuelve llevar a esa tragedia que es la del «hombre que dispone de la vida de otro hombre».
¿Compasión por el arrepentimiento de Plavsic? Todo el del mundo. ¿Firmeza en la pena y cumplimiento hasta el final? Toda la del universo.
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