El hombre es capaz de cualquier cosa. De los actos más hermosos y de los más horrendos. Y sabemos de esa tremenda dualidad porque a veces los hemos encontrado en la misma persona. Pero no es el momento de detenerse en ejemplos.
Ayer nos acostamos con la casi certeza de que John Allen Muhammad iba a ser ejecutado al haber sido encontrado culpable por haber disparado y asesinado a 10 personas en Washington. Fue conocido como «Betalway sniper». Ocurrió en octubre de 2002 y durante 20 días provocó un reguero delirante de muerte y terror.
Hoy nos hemos levantado con la noticia de que John Allen ha sido ejecutado.
Confío en la Justicia en cuanto encontró las suficientes pruebas para declararle culpable de uno de los mayores crímenes posibles: el asesinato.
Pero no creo que la continuación de esa declaración de culpabilidad sea la más idónea: condenarle a la pena de muerte.
No es el momento de compadecer los actos de John Allen. Fueron repugnantes y se merecía un castigo acorde con sus actos y que, además, fuera ejemplar. Pero un castigo debe servir para reconocer la culpa y el error, y también para reconstruir y pedir perdón. Compasión por la persona pero no por sus actos. Compasión por el dolor de las víctimas, todas, siempre, inocentes.
Allen fue culpable y como tal tenía que pagar por el tremendo e injustificable dolor que causó a otras personas.
Sin embargo, ¿es la pena de muerte el castigo más idóneo? Lo que sí parece claro es que con la pena de muerte se corta cualquier posibilidad de regeneración. Y me niego a aceptar que la excusa para aplicar la pena de muerte sea ese determinismo que sugiere que los criminales no son regenerables y será imposible su reinserción. Bien, es posible que no puedan reinsertarse jamás. Pero pueden seguir viviendo.
En una sociedad con tantos avances tecnológicos y con capacidad para levantar muros de seguridad que deberían servir para protegernos de los que no quieren vivir en libertad entre nosotros, es injustificable que aún hoy se siga aplicando la pena de muerte.
Injustificable que se aplique en un país teóricamente espejo de lo que debería ser la defensa de los Derechos Civiles y la democracia.
Injustificable que la única solución para proteger a la sociedad de personas que no quieren vivir en ella y castigarlos por su actitud de violencia extrema, sea su eliminación para siempre.
Deben existir soluciones que no pasen por segar otra vida más y que, en definitiva, no alimenten la espiral de muerte entre los hombres.
Defender la vida humana en toda su extensión me ha llevado a considerarla sagrada desde su concepción hasta su muerte. La pena de muerte como el aborto son agresiones brutales, que en su consideración última esconden un cáncer terrible para la propia humanidad: considerar la vida humana como algo prescindible en función de las circunstancias.
Ni el último árbol del Amazonas tiene más valor que la vida del más perverso de los asesinos.
Con la pena de muerte aún en activo en tantos países el gran castigado es la propia sociedad.
El último párrafo lo dejo como resumen de esta locura. Copiado de El Mundo.

El gobernador de Virginia, Timothy Kaine, negó clemencia al francotirador John Allen Mohamed que aterrorizó a la capital estadounidense hace ahora siete años y que será ejecutado esta noche.
La decisión de Kaine llega después de que el Tribunal Supremo de Justicia de EEUU rechazase el lunes la petición para aplazar la ejecución y se negase a escuchar los argumentos de los abogados de Mohamed quienes sostienen que su cliente es un enfermo mental.
«No encuentro ninguna razón convincente para anular la sentencia que fue recomendada por el jurado y después impuesta y confirmada por los tribunales por lo que declino intervenir», afirmó en un comunicado Kaine.