A por un sueño
Hace unos meses participé voluntariamente en el concurso de ideas «HazloAhora.com» organizado por Marlboro / Philip Morris. En ese concurso las 10 mejores ideas recibirían un premio de 20.000€ cada una para poder hacerlas realidad.
La idea que les mandé fue un proyecto online que llevo diseñando desde hace un año y que por falta de financiación no he podido sacar adelante. Las cosas de ser pobre 😉
Una primera llamada
Tras enviar un primer cuestionario, recibí una llamada de un tal Enrique para decirme que había pasado a la segunda fase. ¡Gran sorpresa!
Os podéis imaginar el subidón. «Caramba… tan tonto no debo ser»
Una segunda fase en la que se nos pedía mayor concreción.
Animado por la buena noticia, desarrollé el resto del proyecto. Fueron bastantes horas a las que sumar a las ya dedicadas el año anterior. Presupuestos. Maquetas y mockups. Repasar y rehacer por enésima vez el Model Business Canvas, el DAFO, el benchmarking y el Business plan. «Vamos a hacerlo bien. Vamos a ser excelentes. Vamos a ganar.»
Dicho y hecho.
Y Enrique volvió a llamar
Al cabo de una semanas de haber enviado este segundo «tocho documental» recibo una segunda llamada de Enrique: «has pasado a la final. Tienes que venir en 10 días a Madrid a presentarlo ante un jurado».
De las casi 500 y pico ideas presentadas, y tras los descartes anteriores, sólo habíamos pasado a la final treinta. Y de esas treinta ideas iban a salir los 10 ganadores.
Tras unos días muy intensos, llega el día de la presentación. Viaje a Madrid (pagado de mi bolsillo). Repaso la presentación cien veces. Intento reconocer los puntos débiles para enfrentarme a 20 minutos de exposición y 20 de preguntas. Y sí: lo preparé para intentar ganar.
Me lo pasé en grande durante esos casi tres cuartos de hora en los que el jurado atornilló, dudó e indagó sobre el proyecto.
Salí satisfecho del trabajo hecho aún sabiendo que sólo tenía un 30% de posibilidades. «En las finales se puede ganar o perder, pero las finales se juegan para ganarlas»
Comunicar con el culo.

Y perdí. O mejor dicho, no fui seleccionado como uno de los 10 ganadores.
Disgusto y tristeza que me duró un par de días.
A la pena de perder, hay que unirle la picota final: el modo en el que lo comunicaron.
Trabajo desde hace más 25 años en el entorno de la comunicación y sé que comunicar una mala noticia es algo delicado. Y más, si de por medio, andan personas con nombres, apellidos e ilusiones.
Recordad el escenario: los organizadores sólo tenían que comunicar la «mala» noticia a 20 participantes. Participantes con los que ya habían hablado un par de veces por teléfono, que habían dedicado muchas horas de trabajo (en mi caso más de 100 horas dedicadas al business plan y desarrollo primario de la idea), habían hecho el esfuerzo de ir a sus oficinas (en mi caso desde Barcelona) y, sobre todo, había interactuado cara-a-cara con un jurado.
Ahora sí. Ya podéis leer el email.

Philip Morris España, comunicando con el culo.

Philip Morris España, comunicando con el culo.


Conclusiones
A primera vista parece no tiene nada raro. ¿Seguro?

  • ¿Tan raro son nuestros nombres y tenemos un género tan difuso como para que nos llaméis consumidor/a»?
  • ¿Qué pasa, que tampoco os acordabais del nombre de nuestros proyectos?
  • ¿Tan difícil era hacer una llamada?
  • ¿Tan complicado era utilizar un email distinto al que utilizasteis para descartar de forma masiva a los de las primeras rondas?
  • Tampoco tiene desperdicio lo de «no responda a este email automático«. Como si los 20 no-ganadores fuéramos a organizarles un email-spam.

Y así, sin más, es como el departamento de marketing y comunicación de Philip Morris España liderado por un becario, muestra su respeto por la cantidad de horas invertidas y las ilusiones de los que participaron y no ganaron.
Epílogo
Nadie estaba obligado a participar y todos sabíamos que podíamos «no ganar», pero no: estas no son las formas.
Toca felicitar – y mucho- a los ganadores porque -si yo sé que mi proyecto es muy bueno- el de los ganadores tiene que ser MUCHO MEJOR. Ergo, perder ante los que son mejores, qué caramba, sabe menos mal.