Cuando teníamos 8 años cualquier chiste que hiciera referencia a tetas y a culos nos parecía lo más. Ese sonrojo pícaro que navegaba entre lo secreto y lo prohibido. Recuerdo uno en especial: «el del perro Mistetas».
De hecho, si hoy quieres arrancarle una sonrisa pícara a un enano de 7 años, ese chiste sigue funcionando. Probablemente por  esa pulsión pícara que arrastramos desde pequeños no me resulta nada extraño que un grupo mediático como Mediaset acuda con tanta asiduidad a estos argumentos televisivos tan básicos (tetas, culos y también pitos, colillas, o pitorros) para:

  1. conseguir una audiencia mayúscula y, de este modo,
  2. atraer a muchos más anunciantes que andan caninos de exposiciones de sus spots sobre lo que consideran su público objetivo.

Y así ha ocurrido con su nuevo programa Adán y Eva:  un programa de nudismo integral donde, aparte de aparecer tetas y culos al aire, las neurona también tienen que mostrarse sin nada que les tape.
Vi apenas unos retazos de conversaciones. En total unos 2 o 3 minutos. Suficiente para asistir a un rosario de frases que me cuestionaron si realmente el índice de analfabetismo de este país no es (mucho) mayor del que dice el ministerio de Educación y demás consejerías autonómicas.
Les ahorraré la vergüenza ajena de ver los fragmentos que se han distribuido por las redes sociales. Imaginen a dos adultos desnudos hablando con total naturalidad, y ante millones de espectadores, sobre estos temas:

«Esto de Adán y Eva se lee en los primeros fascículos de la Biblia»

«Yo de arte sé poco, pero sí leo libros de Dan Brown donde cuenta cosas de Da Vinci y eso»

«Alambrada de Córdoba» (sí, queridos… se referían a la «Alhambra de Granada»)

«¿Qué es el Manzanares? Me suena a fruta»

 
Los datos inquietan. Concursantes exhibiendo su indigencia racional como si fuera algo «guay» y casi 3 millones de audiencia (un 14,8% de share) aullando -según se pudo seguir en Twitter- por ver esos momentos donde se combinaban alegremente tetas, culos y neuronas desnudas.
Y ahí está el tema: una audiencia con una mentalidad de niño de 8 años, unos anunciantes caninos y una cadena frotándose las manos con los ingresos publicitarios.
Aunque sabidas estas cosas no dejan de sorprenderme: anunciantes que acomodan no sólo sus productos sino también algo tan valioso como sus marcas al lado de la inmundicia neuronal de unos pobres desgraciados para transmitir así sus mensajes. De verdad, ¿esos anunciantes localizan en esa audiencia con «cuerpo de adulto y mente de niño» a su público objetivo?
Pero supongo que manda la optimización de costes de marketing  cuando toca hacer un gran volumen de impactos al menor precio. Y parece mandar, sobre todo, un objetivo último: mantener lo más alto posible la cuota de público estúpido cuya máxima capacidad de disgresión se centra en el debate de tetas, culos, los fascículos de la Biblia o la Alambrada de Córdoba.