Sigo creyendo que el ataque a Charlie Hebdo y el asesinato de 12 personas -entre policías y trabajadores- no es un problema de religiones ni de inmigración. Aunque, probablemente, se termine acusando y actuando contra determinadas religiones e inmigrantes por el terror que nos generan algunos de ellos. Como viene siendo habitual, por desgracia, tomaremos la parte por el todo.
Leídos los editoriales de los principales medios y revisadas infinidad de sus portadas, quiero destacar la voz del que se supone es el alter ego de Charlie Hebdo en España: la revista Mongolia.
En su comunicado, los responsables de Mongolia hablan de la libertad de expresión como inviolable valor superior. Y como Mongolia, la mayoría de periódicos opinaban del mismo modo. No le falta razón. Pero no la tiene toda.

En Mongolia consideramos que la libertad de expresión es un valor superior y que ninguna religión puede coartarla o limitarla.

No deja de ser una visión corta de miras si ponemos nuestro único acento en la libertad de expresión para situar la tragedia de ayer. Esa visión no explica realmente el alcance y metas de ese atentado asesino.
Un atentando contra la libertad de expresión hubiera sido quemar las rotativas, destrozar los ordenadores, destruir los quioscos con el objetivo de silenciar su opinión via la coacción y la amenanza.
Por supuesto que el ataque y asesinatos en Charlie Hebdo cumplían ese objetivo. Pero los medios utilizados y sus lógicas consecuencias hacen que lo lesionado no fuera sólo la libertad de expresión, si no el mayor derecho que tenemos las personas por el mero hecho de ser personas: el derecho a la vida, del cual emanan el resto de derechos, obligaciones y libertades.
El mensaje de los asesinos no se dirigía sólo contra el modo en que esa publicación expresaba su opinión: es mucho más amplio y hay que leerlo en el contexto de lo que están haciendo IS y Al-Qaeda en algunos países islámicos. «O piensas, crees y vives como nosotros te decimos o date por muerto».
Es decir, una visión totalitaria de la vida que les lleva a creer que «nuestras vidas les pertenecen» porque se sienten ungidos por la llamada de un dios violento y cruel.
Y ahí entramos todos sin distinción de creencias, raza, profesión u orientación sexual.
Nos equivocamos si creemos que el atentado de ayer fue sólo un ataque contra la libertad de expresión para silenciar una opinión o para amenazar a lo que ellos consideran desviados.
El atentado de ayer fue un aviso en toda regla: «ya habéis visto lo que somos capaces de hacer con los periodistas en Siria, con los cristianos en Mosul, los gays en Irán y ahora con los humoristas en París. Esa será la ley».
Su visión totalitaria de la vida no abarca sólo cómo deben ser las opiniones. También credos, orientaciones, actitudes y profesiones. Ergo, nada escapa a ese totalitarismo sanguinario.
Y eso es algo mucho más gordo, más importante y más grave que la libertad de expresión. Mucho más.
Sobre las responsabilidades y límites del humor no voy a hablar. Y no lo haré porque lo que tenía que expresar ya lo hizo @mdoval en su magnífico post «Blasfemia e intolerancia«… hace ya casi nueve años. Ahí es nada.

P.S.: Insisto, los únicos culpables de la barbarie de ayer fueron los terroristas. Nadie y nada más. Y tan repugnante es sugerir que «viendo lo que hacía  Charlie Hebdo no nos podemos extrañar» como situar a las religiones como origen de esa barbarie.