Whiplash vista (siempre voy con retraso)
Al grano.
Whiplash costó -según reza Box Office- unos exiguos 3,3 millones de dólares. Calderilla para cualquier película media producida en los USA. Pero qué 3,3 millones tan bien aprovechados: lucen como 33.
Whiplash lo tiene todo. Una trama principal que ya hemos visto mil veces, y que correctamente engrasada funciona a las mil maravillas: cuánto dolor estás dispuesto a asumir para alcanzar el éxito. Además, posee unos personajes estupendamente construidos y una planificación (fotografía y montaje) que ofrece una factura técnica soberbia.
Pero lo que más reluce, duelo extraordinario de actores al margen, es la tensión narrativa de Damien Chazelle.  Puño de hierro en la escritura y puño de hierro en la dirección. Siempre hacia arriba. Siempre subiendo. Hasta llegar a un clímax redondo y de una intensidad que atrapará a todos, dando igual si sabes o no lo que es un 6/8, un tresillo o un bpm. Algo parecido al efecto hipnótico que causó Master and Commander con sus trinquetes, mesanas, sextantes, brazas o amuras.
Así pues, lo tenemos todo para concluir que ojalá más películas como Whiplash. Un oasis. Una maravilla.
Pero.
La tesis que sustenta tal prodigio cinematográfico me ha parecido tóxica y un tanto tramposa.
Le tengo especial manía a las narraciones que se escriben a partir del final, ya que la evolución a la que asistirá el espectador está trucada y no nace de un desarrollo orgánico de las situaciones que viven los personajes, sino de unas cartas marcadas que el guionista-director moverá con astucia para convencernos de que su final es «natural».
Por otra parte, cuando hablo de una película tóxica no me refiero a los abusivos métodos que emplea el profesor Terrence Fletcher (prodigiosa construcción de J.K. Simmons). Eso podría formar parte de un debate evidente que diría que ya está superado: la violencia nunca justifica el camino hacia el éxito. Así pues, los abusivos métodos de Fletcher, un paranoico con dejes de psicópata, tampoco forman parte de un debate resuelto.
Tampoco me refiero por «tóxica» a la enfermiza obsesión de Andrew Neiman (Miles Teller) por convertirse en el Charlie Parker de las baquetas (abro paréntesis: qué ganas de volver a revisar Bird de Eastwood y Whitaker)
No. Nada de eso. Lo que me ha parecido tóxico es la tesis bienintencionada de Damien Chazelle que esconde un idea perversa: el éxito -o el mal llamado éxito postmoderno- se cuece mejor entre personas que sólo aman su objetivo y, por tanto, se aman exclusivamente a sí mismas. En el caso de Whiplash es evidente que nos enfrentamos a personajes que no sienten ningún vínculo afectivo por aquellos que les rodean: menosprecio o una falsa indulgencia, en el mejor de los casos.
Sobre esto un par de detalles. En toda la película los dos grandes protagonistas apenas tienen contacto físico con las personas que les rodean. Y, además, las direcciones de las miradas suelen ser esquivas guardando poca relación entre sí (¿recuerdan la turbadora conversación de Psicosis donde Norman Bates y Marion Crane mantenían ejes de miradas totalmente descentradas? Qué gran cabroncete fue Hitchcock)
Los tres o cuatro momentos en los que se demuestra esa aversión por el contacto físico son suficientes para dibujar unos personajes con una fobia afectiva y que se comportan casi como autistas emocionales. No olvidemos que el contacto físico es un atajo para explicar los vínculos emocionales entre personajes. Chazelle lo borda deliberadamente: un roce imperceptible y no correspondido de unos pies bajo la mesa de una pizzeria, tres bofetadas, una pelea, un abrazo inconcluso y rechazado. Eso es todo: desolador resumen.
Personajes de vida lastimosa que nos los venden con un magnífico y espectacular celofán. Y ahí es donde está la trampa y su toxicidad.
Hagamos la prueba del algodón ¿cómo os imagináis las vidas de Teller – Fletcher diez años después? ¿Creéis que las personas que les rodean serán felices o desgraciadas por su causa? En el fondo, la respuesta da igual: ellos habrán alcanzado su objetivo. A pesar que su mutua admiración se sustenta en un temor que deviene en un odio enfermizo. Un equilibrio tóxico. Y esa catarsis al final se nos (de)muestra como una redención que busca tranquilizar y entusiasmar a los espectadores. Tramposa. Tóxica.